Como saben los que me leen (me encanta repetirme), hacia la cosmética natural siento la misma alergia, en ocasiones literal, que hacia los diseñadores jóvenes. La cosmética me gusta química y los diseñadores mayorcitos.
Pero ¡vivan las excepciones! Venero el trabajo de Theyskens y de Guesquière, que deben tener mi edad o, horreur, mucho menos. Y me encantan los productos de determinadas marcas que basan su filosofía en productos naturales, como Korres.
En realidad, cuando digo que no me gusta la cosmética natural es que no creo en estar tumbada en un sofá con la cara llena de yogur, ni creo en las exfoliantes que mezclan Nivea con arena de la playa. Probablemente el efecto sea parecido, pero yo necesito mucho más; la cosmética es cuestión de fe y, por ello, necesito literatura, liturgia, bagaje, líderes. Si no, no puedo creer.
Korres es una marca griega ( habréis leído algo sobre la nueva cosmética griega, Avipita y demás...). Korres se basa en principios aplicables a cualquier tema: simplicidad, sentido estético, sentido ético y realismo. Korres no es una firma de cosmética natural, tiene mucha ciencia detrás; tiene su origen en la primera farmacia homeopática griega. Hoy, tiene a muchos señores con bata blanca en laboratorios trabajando sobre los principios básicos de elementos como el limón, el higo, el aceite de oliva. El resultado lo venden en medio mundo en bonitos envases bilingües griego-inglés, a un precio correcto (si!). Ahora han lanzado una línea de maquillaje. Creo en Korres. Y la Fe es eso.