No quiero convertir este post en un alegato a favor de la nostalgia: no creo que cualquier tiempo pasado sea mejor, pero voy a escribir sobre los gimnasios para niños, así que a ver cómo me porto.
Soy de la última generación que creció jugando en la calle, por eso, leer este reportaje sobre los nuevos gimnasios y clubs deportivos dirigidos al público infantil me resulta, como mínimo innecesario. Vaya, la nostalgia, ha aparecido teñida de tensión.
El redactor escribe acerca de cómo a falta de ejercicio desestructurado al aire libre (sic), los niños necesitan espacios donde moverse. Estos espacios se estructuran en torno a una mensualidad alta, personal especializado y unos padres que no ven otra solución a la obesidad y el sedentarismo de una generación muy estática.
La obesidad infantil es un problema terrible, causa (¿y consecuencia?) de que los niños en las grandes ciudades tengan que recurrir a sitios como Fitwize for Kids. Estos nuevos espacios de socialización sólo tienen sentido cuando las ciudades tienen demasiados coches y los padres no tienen demasiado tiempo.
No quiero demonizar ests gimnasios porque creo que pueden ser una buena solución para los niños obesos que viven en una megalópolis y que tienen padres estupendos, voluntarioso pero sin tiempo hasta el fin de semana de educarles en términos nutritivos ni de ocio. De hecho creo que en lugares como Nueva York, tienen razón de ser. Sin embargo, no eximen a padres ni a niños de comer mejor y moverse más.
Aunque, quien sabe, igual un día un niño conoce a otro en el gimnasio y terminan siendo amigos y jugando al escondite en el parque más cercano. Ejercicio desestructurado al aire libre.

Nota: lamento el tono de institutriz, de nostálgica institutriz. En el fondo, creo que estos gimnasios son una idea oportuna.