Cuando oigo hablar de diseñadores jóvenes me echo a temblar. Me gustan los diseñadores cincuentones, sesentones; de hecho, me gustan los diseñadores muertos.
Mi Olimpo y sus sub-olimpos tienen un alto grado de rotación, pero en él permanecen Balenciaga, Chanel, Vionnet, Schiaparelli, Fortuny, Courreges, Lagerfeld, Miuccia Prada...
Sin embargo, Olivier Theyskens está realizando un trabajo maravilloso para Rochas. Nació en el 1977 y le ha dado tiempo a asimilar la Historia de la Moda y gran parte de la Historia del Arte. Las destila ambas en favor de una marca que estaba moribunda.
Va presentando los trabajos a medida que los va aprendiendo: hasta esta colección no se había atrevido con los pantalones. Aguanta la presión externa: ahí están sus faldas de otro tiempo y otro mundo, tan del pasado que parecen del futuro.
Su ropa es romántica y sutil, como debería ser el mundo entero, y aquí va mi deseo para el nuevo año.

La combinación de juventud y talento es suntuosa. Casi me hace daño.