En esta ( agotadora) búsqueda del placer en que quiero convertir mi vida, los hoteles son una pieza clave. Leer sobre ellos, mirarlos, pensar en ellos y el summum, dormir en ellos.

Si, home sweet home, pero también hotel, sweet, hotel: divido mi corazón sin conflictos. Mi casa tiene mucho de hotel y no espero que los hoteles se parezcan a mi casa, pero pocas veces me he sentido mal en alguno.
Instituciones como la Wolfsonian de Miami, que se denomina el Museo del Thinkism ( valientes, traducid eso) acuden a reforzarme. Esta exposición explora el desarrollo del hotel americano en la primera mitad del siglo XX.
Lo realiza desde una perspectiva arquitectónica y en concreto desde las aportaciones de la firma Schultze & Weave. Aportaciones con mayúsculas y que merecen una cerrada ovación; de pie, por supuesto. Estos arquitectos diseñaron y construyeron desde los años 20 los grandes hoteles americanos como el Waldorf o el Biltmore. Sentaron las bases del binomio lujo y confort, nos dieron material para soñar. Otros como Lapidus los siguieron. Su legado sigue vivo y, gracias a esta exposición, aún más y mejor documentado.
Y no es causal que pueda visitarse en Miami. La ciudad del delirante Biltmore es también la del ya clásico Delano (ese hallazgo multiplagiado de las sábanas blancas debe tener copyright), del apetecible Shore, del delicado Townhouse, de la terraza del Victor y del vestíbulo de Albert Anis del Winterhaven. Y quien se atreva pronunciar la palabra hortera no merece pisar la acera de Collins Avenue.
Los hedonistas somos tan tan agradecidos. Y tan despiadados.