Hoy hace tres años que comencé este blog. El primer post lo escribí a mano y luego lo copié; no sabía cuál iba a ser mi rutina, de qué iba a escribir, si alguien me iba a leer.
En ese primer post hablé de cómo se caen los mitos y hoy suscribo cada palabra. Sigue gustándome mucho "A bout de souffle" y sigo leyendo a Suzy Menkes, con devoción en el International Herald Tribune. Sigo demoliendo mitos y construyendo otros con una rapidez diabólica.
Pensé que Showroom iba a durar poco y lleva en pie tres años. Tres años inventando. Como estamos de cumpleaños, me acuerdo de una de mis frases top ten y ya que nadie va a regalarme nada (¿verdad?), me lo regalo yo y os lo regalo yo:
“Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas."
Y me acuerdo de las palabras de Cortázar, por puro hipertexto mental, porque sí, porque inventar turas, y creer en ellas, da sentido a la vida.
Hace 40 años que se rodó una de mis películas favoritas, Two for the Road, Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967). Y no es una forma de hablar: está en mi top ten. Lededicarán homenajes, ciclos al director y las revistas de moda producirán editoriales recreando su estilo. No me hace falta nada eso, porque yo la recuerdo cada cierto tiempo y siempre me emociona.
Miras en IMDB y las palabras clave son Drama/Comedia/Romance/Marriage/Europe/Extramarital Affair/Love. Casi nada.Todo eso y todo orquestado por el inmenso Stanley Donen con su encanto, inteligencia, ligereza y gracia.
Cada día más descreída, repaso mentalmente la película y me dan ganas de aplaudir(y tampoco es una forma de hablar) su maravilloso equilibrio entre lucidez y romanticismo, tan difícil de encontrar en una película sobre el amor y sus mil caras.
Me gustan su música (de otro monstruo, Mancini) su retrato de las relaciones adultas, lo bien que recogió la herencia de la nouvelle vague y la mezcló con su estilo americano, lo divertida que es, lo nostálgica que es, lo guapa que está Audrey.
Me dan ganas de recorrer este verano el sur de Francia, de dejarme el pelo más largo y luego cortármelo (o al revés), de comer bocadillos en una cuneta, de sufrir mucho y luego disfrutar mucho (o al revés). Vive la vie!
Existen el azul Klein, el rojo Valentino, el verde Prada y ...el amarillo Hillary.
Hillary, eres una chica lista y no hace falta que te recuerde lo que le pasó a Nixon con Kennedy, a Nixon contra Kennedy mejor dicho; eres del país que inventó los asesores de imagen y sabes bien lo que haces, pero desde aquí te digo que hay muchos tonos de amarillo, y te has quedado con el más...republicano!
Enhorabuena, a ti y a todos los demócratas.
He estado una semana pensando cómo distinguirme del resto.
Me disuadió Natalie Portman en el Festival de Cannes, con su maravillosa cabeza rapada. Ella ya es distinta, diga lo que diga el guión.
Me da pereza. No cambio. Además, seguro que yo no aguanto semejante corte de pelo.
No se nada de humor gráfico mas allá de Quino, El Roto, Forges, Maitena y algunos otros, pero las tiras del New Yorker son una de mis mil debilidades.
Están por encima de las modas, aunque han sabido recoger y transmitir las tendencias sociales y artísticas de cada momento del siglo. O precisamente por eso.
Un paseo por la ética y la estética de la cultura norteamericana americana del siglo XX.
The Complete Cartoon of The New Yorker está a la venta en Vips a un precio ridículo para la cantidad de sofisticación y talento que esconde.
Me encanta el cine y los oficios que lo rodean.
Siempre he envidiado a los directores de casting (con Juliet Taylor a la cabeza buscando secundarios gloriosos para Woody Allen), diseñadores de vestuario, directores artísticos y diseñadores de títulos de créditos; qué poco sobresalen sus nombres pese a su influencia.
El cine es lo que es gracias a gente como Bette Davis y Audrey Hepburn , pero también gracias a Edith Head que las vestía de lo que nosotros las recordamos.
Los títulos de crédito son un tema curioso, uno de los pocos campos en los que el cine, siempre tan conservador, se las da de moderno. Saul Bass fue el pionero; hasta que llegó él los créditos eran listados de nombres. Sus créditos cambiaron eso: marcaban el tono de la película y en ocasiones (véanse otra vez Psicosis o Vértigo) hasta daban pistas sobre lo que pasaba en ellas.
Ahora, el Design Museum de Londres le rinde homenaje con una exposición . Se puede visitar hasta el 10 de octubre. Me gustaría verla porque admiro a este señor tan talentoso, tan creativo, como tantos que cambiaron la Historia del Cine por lo bajini, a la sombra de otros.
Tras Bass no hubo otro gran diseñador de créditos, al menos revolucionario, hasta Kyle Cooper. Su aportación consistía (consiste) en integrar los ordenadores y las tendencias estilísticas en el inmovilista negocio del cine. Este diseñador es cada vez mas y mas popular y su nombre sí está trascendiendo como lo hizo el de Saul Bass. Prologue Films es la nueva productora de Cooper. Imaginary Forces era la anterior, desde la que diseñó, por ejemplo, los títulos de Seven, su pasaporte a la fama.
Merece la pena dedicar un ratito a mirar los microfilms de Saul Bass y de Kyle Cooper. No todo van a ser Olimpiadas.
"I have no desire to influence fashions. That is at the bottom of any list."
Jackie O.
Parece increíble que uno de los iconos indiscutibles del estilo del siglo XX pronunciara estas palabras.
Ahora que se celebran cinco años de la muerte de su hijo John John, cuanto mas lo recuerdan, mas me acuerdo de su madre. Pasarán años y el hijo desaparecerá en el limbo de los cuasi-mitos mientras su madre, nacida Jacqueline Lee Bouvier, seguirá viva con su cara de mujer espabilada y su imagen absolutamente moderna.
Releo la frase: ¿cuál sería su lista? Para no querer influir en nada su legado es inmenso.
Su look sigue siendo revisado por personas, personajes, firmas y editoriales de moda. Inspiró una exposición en el mismísimo Costume Institute del Metropolitan de Nueva York : Jackeline Kennedy-The White House Years que está viajando por el mundo; el enfoque es muy claro: explora los años más americanos en los que era primera dama y reina de Camelot.
Phaidon Press aprovechó el tirón mediático para editar un libro muy atractivo, John Fitzgerald Kennedy: A life in pictures que despliega todos los encantos de los Kennedy, cuando eran muchos, jóvenes, guapos, poderosos y felices. El libro se recrea en la atmósfera preppy de la Costa Este, en las tardes en el yate, en los cabellos llenos de salitre, en los ratos de lectura indolente.
Sin embargo, me gustaba mas cuando se convirtió en Onassis, cuando paseaba por la Costa de Amalfi con un pañuelo en la cabeza y unos pantalones Capri disuadiéndonos de por vida al resto de las mujeres de hacer lo mismo. Para entonces ya había asimilado (y hecho suyas) las lecciones que le había dado Diana Vreeland a la que consideraba su mentora. Ambas mujeres cambiaron la moda para siempre, una desde Vogue USA y otra desde su alianza con el poder. Ambas son una buena prueba del poder de la personalidad sobre la belleza, ahora que es tan fácil ser bello.
Se me ha caído un mito.
Ayer conocí a una mujer que trabaja en el International Herald Tribune, el periódico que vendía en los Campos Elíseos mientras el sinvergüenza de Belmondo le hablaba de amor. Ese periódico era y es el baluarte europeo del New York Times y, no sólo porque lo voceaba la Seberg, sino porque en él escribe Suzy Menkes sus crónicas de moda y representa el mejor trasvase USA-Europa, el IHT era una vaca sagrada para mí. Hasta ayer. Esta persona que trabaja allí era muy muy sosa y muy muy simple. Llevaba una fabulosa chaqueta de guipur fucsia, pero eso NO es suficiente. Ni rastro del espíritu Menkes ni del espíritu Seberg.
Esto me pasa por tener tantos mitos, que no hay quien los mantenga